Exile on Main Street - Una Leyenda Fotográfica

Han pasado treinta años desde que se grabó y, sorprendentemente, casi todos los que participaron siguen vivos. Lo cual no deja de ser asombroso porque el proceso de producción de este disco y la gira posterior por Estados Unidos figuran en la historia del rock como un escalofriante descenso al infierno.

La historia se puede contar con rumores apócrifos, reediciones como la de esta semana o giras multimillonarias, pero también con fotos. Por suerte para nosotros, los Stones fueron lo suficientemente listos como para rodearse de fotógrafos excelentes que han dejado un gran testimonio de aquella época.


El primer nombre de la lista es Dominique Tarle. Con sólo 23 años, este fotógrafo francés recibió del grupo licencia para inmortalizarles. Podía moverse a sus anchas por Villa Nellcôte, la mansión donde se estaba grabando el álbum, y sacar fotos de lo que quisiera. La banda había llegado a la Costa Azul huyendo de los impuestos británicos y Keith Richards había alquilado esta casa para instalarse con su novia de la época, la modelo Anita Pallenberg. Tenía dieciséis habitaciones y había sido cuartel general de la Gestapo, pero con Richards se convirtió en una casa donde cualquier locura era posible.


Lo meritorio de las fotos de Tarle es que reflejan el ambiente de la casa con una exquisita jovialidad, sin caer en detalles sórdidos. Se sabe que en Villa Nêllcote todo el mundo estaba drogado, que Keith Richards se inyectaba heroína después de acostar a su hijito, que John Lennon vomitó en las escaleras por un problemilla con la metadona y que unos traficantes con botas de cowboy conocidos como “los Corsos” traían la mierda más pura del Mediterráneo. Pero Tarle supo extraer belleza de tanta porquería y retrató a un puñado de veinteañeros, guapos y semidesnudos, que disfrutaban del verano del amor mientras se fumaban cigarrillos y tocaban la guitarra.
































El siguiente nombre en la lista de fotógrafos es Robert Frank. En 1970 habían pasado 12 años desde la publicación de su obra fundamental, el libro Los Americanos, y Frank era ya un mito para jóvenes moderniquis como los Stones. Mick y los suyos ni siquiera tuvieron que encargarle una foto original, sino que rescataron una vieja instantánea de Frank donde se veía el mural que decoraba la sala de espera de un taller de tatuajes. Para la contraportada, en cambio, Robert sí que hizo fotos nuevas del grupo, aunque se dispusieron siguiendo la estética del taller de tatuajes para mantener la homogeneidad. El resto del trabajo lo hizo el diseñador John Van Hamersveld.


A los Stones debió de gustarles mucho el resultado porque, cuando llegó la hora de hacer una gira de promoción por Estados Unidos, volvieron a contratar a un cincuentón Frank para que les rodase un documental. El resultado de esta sinergia se tituló Cocksucker Blues y está considerado por muchos como la película underground más underground de la historia. Robert Frank grabó todo lo que quiso y, encima, le dejó su cámara a quien se la pidió. En la película hay drogas, orgías y masturbaciones, pero el gran hallazgo del fotógrafo fue que supo filmar el aburrimiento de una estrella de rock. 
“Nunca he participado en nada como esto antes”. “He estado en viajes con gente extraordinaria, pero nada que excluya de manera tan radical el mundo exterior. No salir nunca, no ver nunca nada… No consigo acostumbrarme”. 
Viniendo de un tipo que había hecho millas con Jack Keruac, cualquiera se toma estas impresiones a broma. Inevitablemente, tanta sordidez terminó asustando al grupo, que llevó a Frank a los tribunales para prohibirle la exhibición de la peli. “Es genial, pero si la mostramos nunca nos dejarán volver a Estados Unidos”, decía Mick Jagger. Aunque los Stones no ganaron el juicio, consiguieron una sentencia de lo más peculiar: Cocksucker Blues sólo puede exhibirse un número limitado de veces al año, y siempre con Robert Frank presente en la sala. Casi todo está en youtube (ahora no disponible), pero como ésta es una historia de fotografías, prefiero hacer una última recomendación para quien quiera asomarse a los excesos de aquella gira: Ethan Russell.





Russell era un viejo conocido de la banda. Había fotografiado el concierto de Altamont de 1969, famoso porque un miembro de los ‘ángeles del infierno’ (contratados como cuerpo de seguridad para el grupo) asesinó a un chico de color mientras los Stones seguían tocando. Comparado con aquello, Russell comprendió que lo de 1972 era completamente distinto. 
“La seguridad se convirtió en obsesión. El grupo ya nunca viajó en vuelos comerciales sino que tenían jets privados. Tenían limusinas. Todos los miembros del grupo habían recibido una amenaza de muerte de los ángeles del infierno y llevaban guardaespaldas armados. El escenario se construyó más alto, y la banda se convirtió en intocable”.








Las fotos de Russell reflejan esa atmósfera alienada que ahora forma parte del estrellato del rock, ir y venir por el mundo sin tener contacto con él, encerrado en un camerino. A partir de este momento, los Stones habían dejado de ser reales y se habían convertido en leyenda.




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